Tomo suavemente tus manos, siento la misma suavidad de los pétalos tersos de una rosa y la calidez de un abrazo tierno en una tarde helada. Levanto mi rostro deseando hallar el destello de tus ojos, esa luz que surge del misterio de la profundidad de tu mirada, cual fondo marino donde los dioses guardan los rayos de luna, donde no es posible llegar a menos que el protector del secreto despeje la bruma de la cotidianidad y muestre tu alma en todo su esplendor. En un instante consigo reconocer que hace miles de años hemos estado aquí, al ver tu rostro, tus labios, tu mirada percibo infinito de ti en mi.

En silencio me acerco a ti, tu perfume de primavera inunda mi ser. Siento miles de colores pasear por mi mente, como volar bajo por un valle lleno de flores. Un frescor de vida llega a mi sangre cuando tu olor la toca dentro de mis pulmones. Estar cerca de ti me llena de vida, es que verte así, sentirte así, saberte así, alimenta mi ser de tu esencia. Deliciosos los giros de tu cabello en tu rostro, esos que con delicadeza y ternura aparto para descubrir cada detalle de ti, ver tu esplendor, capturar tus detalles en mi memoria para no perderme nada de ti. Tu cuerpo toma calor y suavemente recojo tus cabellos detrás de tu cuello, puedo ver esos detalles que hacen de ti la tentación más grande a mi voluntad. Tu cuello desnudo, tu hermoso oído, tu delicada mejilla, la mirada de tus ojos llenos de luz, asombro y amor.

Suavemente percibo tu respiración, rítmica, relajada, profunda. Lentamente tus labios y los mios se encuentran, transmites tu amor a cada célula de mi cuerpo, mi alma se ve impregnada de tu ser, mi espíritu abre sus alas cual angel que bendice la grandeza del creador, por un instante todo es magia y no existe más realidad que mi mano sujetando tu suave cuello, el vaivén de tu respiración, la oscuridad de mis ojos cerrandose, el beso que me hace sentir que existe Cielo, y que mi Cielo eres tu.

Carlos Gustavo Ruiz

viernes, 28 de agosto de 2009