En un lejano pueblo existió un anciano que todas sus tareas diarias las acompañaba con un compaz de 1.. 2.. 3.. y una melodía que no paraba de repetir. Común era conseguirlo solitario con una sonrisa en sus labios, su caña de pescar y su melodía 1.. 2.. 3.. Feliz y satisfecho por las canas en su cabeza ya casi calva, entregado sin premura a sus quehaceres, como quien espera sin apuro que sus días se consuman en una total y cálida rutina, llena de amor infinito por todo aquello que sus ojos, ya casi ciegos, llegaban a ver.

Sin reclamar a su destino por todo aquello que le había arrebatado, sin juzgar a ninguno de los niños que reían y hacían mofas al verle con su cuerpo ya doblado por el peso del tiempo, bailando y cantando, una y otra vez 1.. 2.. 3..

Recuerdo haber escuchado alguna vez su tonada, una pequeña y simple oda para su gran amor. Decía palabras simples, cantaba como un vagabundo y se reía de todo cuanto recordaba. Cantaba con voz temblorosa lo que llenaba su corazón, decía una y otra vez libre de sufrimientos el coro,

- Tengo dicha de estar aquí y de haber tenido a aquellos que sin estar hoy conmigo aun los amo.. Vida! que bella eres en mi día y en mi memoria.. Gracias padre sol por el rayito que regalas a la luna.. Gracias por el día de hoy un pescado, gracias por dejarme verte un día más y admirar con mis ojos todo cuanto has creado..

Hoy el recuerdo del anciano es leyenda en toda la comarca, sólo resta cantar y bailar a diario, como aquel viejo ermitaño 1.. 2.. 3.. ¡que bonito es lo que esta vida me ha dado!!..

Carlos Gustavo Ruiz

domingo, 24 de mayo de 2009